Escritores Jóvenes de Durango

Somos ingeniosos, ingenuos, somos soñadores, intelectuales, somos creadores y destructores, somos artistas, somos realistas.

Somos mexicanos. Somos jóvenes. Somos escritores.

Notes 5

La Casa de los Espantos

Nuestra pelota se voló a la Casa de los Espantos, todo por culpa del gordo de Gerardo. Le dijimos que no le diera tan duro porque Esteban, que estaba de portero, ya se estaba quejando de que le dolían las manos cuando atrapaba sus patadones. De todas formas, como está flaquito y chaparro, casi ni las atrapaba.

—Hay que ir por ella —dije.

—¡Ah, chis, no! ¡Yo ahí no me meto! —dijo Esteban.

Le decíamos la Casa de los Espantos porque era de esas casas grandotas y viejas, con estatuas de caras parecidas a las de miss Antonieta cuando se enoja. A todos nos daba miedo, pero Esteban exageraba. Nunca podía terminar de escuchar nuestras historias de terror porque se iba llorando. Creo que su mamá ya no quería que se juntara con nosotros.

—Yo sí voy, a mí no me da miedo —dijo Gerardo.

—Pues ve tú solo —le dijo Facundo, que siempre estaba buscando excusas para no hacer nada—. Tú la volaste.

—No, vamos a ir todos —dije—. Todos colones o todos rabones.

—Yo no voy a ir —insistió Esteban—. Dicen que ahí espantan.

Algunos en la escuela decían que habían visto pasar fantasmas por las ventanas y que habían oído ruidos en la noche. Yo no creía, pues nadie pasaba por esa calle de noche porque a todos nos daba miedo (incluso a Gerardo, aunque él dijera que no).

Para darnos valor, decidimos ir a la tienda a comprar algo para llenarnos la panza. Nos alcanzó para unas pecositas y unos refresquitos de uva. Todos comimos menos Esteban, que no llevaba dinero, aunque su mamá no lo dejaba comer dulces de todos modos, porque decía que echaban a perder los dientes.

Cuando terminamos, entramos en la casa. Como la reja estaba alta y tenía puntas en forma de flechas, nos metimos en la casa de al lado y de ahí nos brincamos la barda que las separa. Le costó más trabajo a Gerardo porque estaba más gordo, pero Facundo, que se quedó hasta el último como siempre, lo ayudó. Esteban también decidió acompañarnos porque le daba más miedo quedarse solo afuera.

Ya que estábamos todos adentro, nos paramos en frente de la puertota que tenía unos dragones de metal con aros en la nariz.

—A las tres tocamos todos al mismo tiempo —dije—. Pero en serio, ¿eh? A ver… Una… dos…

En eso escuchamos un aullido como de lobo que venía de adentro de la casa. Todos nos asustamos mucho y Esteban se tiró al piso y se puso a rezar el padrenuestro muy rápido. Cuando a todos se nos pasó el susto y a Esteban se le quitó el color amarillo de la cara, conté otra vez y todos tocamos la puerta al mismo tiempo. Se abrió la puerta, pero no había nadie que abriera. Entramos. Esteban temblaba como gelatina. Cuando entramos, Facundo con mucha flojera, la puerta se cerró detrás de nosotros.

Atrapados y sin una idea mejor, exploramos la casa buscando la puerta que daba al patio de atrás. La casa estaba muy oscura y olía como el hogar en donde vive mi bisabuelita con otros viejitos. Todos los muebles eran antiguos y estaban muy sucios. Esteban empezó a estornudar mucho como siempre que le entra polvo a la nariz. Sus estornudos, que sonaron como pichú, pichú, nos dieron risa e hicieron que se nos olvidara un poco el susto.

De repente, se empezaron a oír unos pianazos desde algún lugar del piso de arriba. El sonido no era agradable como el de los discos que ponen en los restaurantes elegantes. Más bien sonaba como si alguien estuviera muy enojado y se estuviera desquitando con el pobre piano. Todos nos asustamos: Esteban empezó a llorar de miedo y hasta Gerardo se puso blanco, blanco. El sonido era tan horrible que el lobo que habíamos escuchado antes se puso a aullar otra vez. También se oyeron unos maullidos igualitos a los de Feliciano, el gato de la vecina, cuando mi hermanita Luz le pisa la cola.

—Mejor ya vámonos —me dijo Esteban mientras se aguantaba las lágrimas—. Yo le digo a mi mamá que te compre otro balón, te lo juro por lo que más quieras, pero vámonos.

—No hay problema si tú te quieres ir —le respondí—, pero yo no me voy hasta recuperar el balón. Lo necesito, porque es el que me regaló mi papá antes de…

Me interrumpieron unos ladridos que se oían muy, muy cerca y que nos hicieron brincar. Esteban casi se desmaya. Estábamos encerrados en un cuarto que tenía muchos muebles cubiertos por sábanas blancas muy empolvados. Buscamos otra puerta para salir, pero sólo había una, por la que entró un gato blanco muy alterado y con los pelos de la espalda parados, perseguido por un perrote gris con orejas caídas y una mirada muy feroz. Era muy obvio que los dos no se caían muy bien que digamos, y lo más probable es que nosotros fuéramos a pagar las consecuencias…

—¡Tchaikovski! ¡Schubert! ¡Quietos!

Nosotros estábamos en el centro del cuarto, abrazándonos entre todos y viendo cómo los animales se perseguían alrededor de nosotros cuando oímos al señor que estaba parado en el marco de la puerta, viéndolo todo. Parecía ser muy viejo, más que mi bisabuelita, y su cara estaba casi tan blanca como su pelo. Con el traje oscuro que traía puesto, parecía sacado de una película antigua, de esas en blanco y negro.

—¿Están bien, muchachos? —preguntó.

Nos le quedamos viendo, muy espantados y sin saber qué decir.

—Disculpen ustedes a Tchaikovski y a Schubert. Usualmente son muy mansos, pero a veces el enclaustramiento los desespera.

En cuanto el señor había aparecido, los animales habían dejado de perseguirse. El perro se había echado a los pies del hombre y el gato daba vueltas alrededor de los dos.

—Veo que están un poco sobresaltados. Pero no se preocupen. Pasen, pasen al recibidor. ¿Gustan algo? ¿Té y galletas saladas?

—Venimos a buscar algo —dije—. Un balón que se nos voló al patio de atrás.

—Ah, ya veo…

El señor nos llevó fuera de ese cuarto y por muchos pasillos hasta una puerta que daba hacia el patio de afuera. Nos dimos cuenta de que de veras sí estábamos muy perdidos. El patio era muy grande y había muchos árboles sembrados en él. Parecía como un bosquecito. Sorprendidos, mis amigos y yo nos pusimos a buscar el balón. Después de un rato, Gerardo lo encontró en las ramas de un árbol de manzanas, lo bajó y me lo dio.

Mientras buscábamos, el señor había preparado té y sacado galletas saladas y había puesto todo en una mesita a la sombra de uno de los árboles. Aceptamos su invitación (porque con tanto susto nos había dado mucha hambre y sólo nos habíamos comido unas pecositas) y lo acompañamos, aunque las galletas estaban aguadas y el té sabía a pasto.

El viejito, que se presentó como el señor Rulfo, nos explicó que vivía solo desde hace mucho tiempo en esa casota que le había dado su abuelo cuando murió (hace mucho, creo) y que sólo Tchaikovski, su mastín, y Schubert, su gato blanco, le hacían compañía. Nos dijo que a pesar de todo lo que se decía, en esa casa no espantaban, no había fantasmas ni se aparecía nada. También nos contó que cuando era joven el señor Rulfo había sido un reconocido pianista, pero ahora tenía una enfermedad en los huesos de las manos que le impedían seguir tocando. A veces lo volvía a intentar pero ya no sonaba tan bien como antes, como lo habíamos podido escuchar.

El señor Rulfo también nos dijo que jugar en la calle es muy peligroso y que había mucho espacio en su patio, por lo que nos invitó a jugar ahí. Nosotros aceptamos con mucho gusto y él dijo que estaba bien, pero que teníamos que pedirles permiso a nuestros papás y avisarle en dónde íbamos a estar.

Nos acompañó a la puerta cuando nos terminamos el té (yo me lo tomé muy despacio porque de verdad que no estaba nada bueno) y se despidió de nosotros. El señor Rulfo intentó abrir pero no podía.

—¿Me pueden echar una mano? —dijo—. Esta puerta siempre se me ha hecho la difícil. Hace mucho que no la abro y está muy oxidada. Por cierto, ¿cómo le hicieron para entrar…?

 

Oscar Rodríguez Prieto

2 de septiembre de 2011, 4:38 p.m.